PAULO TAMAYO

franjarr

Manizales, Colombia

Esa sensación de bienestar que produce pedalear cada kilómetro es tan particular y adictiva que te lleva voluntariamente por una vida cargada de hábitos que a ojos de otras personas son LOCURA.

La Bici llegó a mi vida para no irse y plantearme desafíos.

La bicicleta llegó a mi vida hace más de 8 años, época en que me
encontraba adelantando estudios en Bogotá (Colombia), y fue
precisamente con un compañero de la universidad, llamado Nicolás, que
empecé a dar mis primeros pinos en una bicicleta, nada más y nada
menos que en la jungla de cemento, es decir, en las calles de la capital
colombiana.

De regreso a Manizales, mi ciudad de origen, empecé a conocer nuevos
amigos apasionados por la biela, además de nuevas rutas en medio de las
montañas que bordean la ciudad.

Fueron transcurriendo los años y con ellos fue creciendo mi amor por
las dos ruedas, sentimiento que es evidente cuando antes de ir al
trabajo, tipo 4:30 a.m., y con una temperatura de 13° me lanzo a rodar
a la montaña a llenarme de su única e inigualable buena energía.

La verdad es que esa sensación de bienestar que produce pedalear cada
kilómetro es tan particular y adictiva que te lleva voluntariamente por
una vida cargada de hábitos que a ojos de otras personas son LOCURA.

El licor no abunda en mis reuniones, dormir temprano, madrugar en exceso
entre semana, fines de semana y días festivos, también son una
constante, hábitos que en algún momento fueron catalogados por algunos
amigos como los requisitos de una nueva religión.

2018 un año de retos

Hoy después de mucho pedalear por el campo, la ciudad y en velódromo,
decidí plantearme un desafío que años a tras sería impensable para
mí, recorrer en bicicleta el oriente del departamento de Caldas, por
plena cordillera central colombiana, con paisajes de nevado, páramo y
selva.

El 4 de enero de 2018 dejó de ser un propósito, al lado de Harry,
Ángela y mi novia Sandy emprendí una travesía de 159.1 Kilómetros en
bicicleta de montaña, la cual denominamos:
#ConquistandoElOrienteDeCaldas.

Partimos a las 7:00 a.m. de Manizales, ciudad que está a unos
2.153 msnm, iniciamos con ansiedad y unas enormes sonrisas que nos
ayudaron a superar las primeras cuestas y ascender a los 3.679 msnm,
altura a la que se ubica el Alto de Letras, zona limítrofe entre los
departamentos de Caldas y Tolima, y uno de los puntos más altos de
Colombia.

Poco a poco los kilómetros se fueron consumiendo al igual que el
tiempo, con cada esfuerzo dejamos atrás sectores como Cerro Bravo,
Delgaditas, Petaqueros, Manzanares y Marquetalia, siendo esta última
localidad donde dormiríamos debido a que el día se extinguía, y las
12 horas de pedaleo hacían lo propio.

La primera parte de #ConquistandoElOrienteDeCaldas finalizó a las 7:00
p.m. con 131.9 kilómetros recorridos y un desnivel positivo de 5.585m.

Al día siguiente estábamos listos para rodar los últimos 27.2
kilómetros, recorrido que compramos con el Paseo de la Victoria en los
Campos Elíseos, última etapa del Tour de Francia.

Reímos, disfrutamos al máximo el paisaje de jungla y el aire fresco en
el rostro, hasta paramos en la vía porque nos topamos con una Boa
Constrictor que trataba de cruzar la carretera.

Finalmente llegamos al casco urbano de Victoria (Caldas), municipio que
no solo por su nombre marcaba el fin de un propósito, sino que se
convertía en la primera meta de 2018.

Curiosidades de la travesía

1- Una ensalada de frutas después de 12 horas de pedaleo fue la comida
que más disfruté durante la aventura

2- "Una curva más" fue uno de los pensamientos más recurrentes durante
la travesía.

3- Nos topamos con una súper Boa Constrictor la cual ayudamos a que no
fuera atropellada por los vehículos.

4- Mis omóplatos dolieron más que mi trasero.

Mi frase:

"Rueda por la vida, así llegarás más rápido a tus metas"

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